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Mi nombre es Rolando Mauro Verdecia Ávila. Tengo 50 años y soy de Cuba. Desde mi nacimiento soy una persona con discapacidad física.

Actualmente, estoy asumiendo la Coordinación General de un programa denominado Pastoral de Personas con Discapacidad, que funciona desde hace 27 años en el Consejo de Iglesias de Cuba. El programa tiene como objetivo promover la inclusión de las personas con discapacidad tanto en las iglesias como en la sociedad, sobre la base de la búsqueda de la igualdad de oportunidades para facilitar su participación ciudadana.

Mi acercamiento a la Pastoral se remonta al año 1993, justo poco después de que este programa fuera fundado. Lo conocí por intermedio de un hombre ciego, pastor de una Iglesia Bautista, quien fue el inspirador y coordinador del mismo desde los inicios. Confieso que en un principio no entendí bien de qué se trataba.

En ese entonces, yo no era consciente de ser una persona con discapacidad, puesto que me había educado en escuelas regulares y nunca me había relacionado con personas con estas características. Sin embargo, acepté la invitación (más bien diría el reto) y comencé a colaborar con la Pastoral. Fue así cómo, poco a poco, adquirí conciencia no sólo de ser una persona con discapacidad, sino de que quería hacer que la causa de la defensa de los derechos de las personas con discapacidad sea mi propia causa, y entendí que era mi vocación.

De manera que, desde mi propia experiencia, entiendo el voluntariado como una vocación de servicio. Cuando se reconoce la presencia de un problema o de una necesidad, se pueden seguir dos caminos. El primero, sentirse incapaz de cambiar ese problema o esa necesidad, por considerarlos demasiado grandes o complejos. El segundo, sentirse llamado a ser parte de la solución, aun cuando tan sólo sea para incidir modesta pero positivamente en el proceso de transformación de tal realidad. Ése es el camino del voluntario.

Sin embargo, no se trata de una labor individual, en solitario. En la Pastoral de Personas con Discapacidad somos una red de voluntarios con alcance en todo el país, formada por mujeres y hombres, con y sin discapacidad, jóvenes y adultos, que también hacen del voluntariado una vocación de servicio. Todos ellos, personas que han ido creciendo en valores y compromiso con el propio desarrollo del programa, convencidas de que entregarse por amor para que otros puedan alcanzar sus aspiraciones y potencialidades, es la mejor manera de ser humanos.

Pero, además, hemos aprendido que no somos los únicos en pensar y sentir de esa manera. Que hay muchos otros hombres y mujeres que, desde diversas motivaciones, creencias y enfoques, buscan el mismo objetivo que nosotros, ya sea desde las instituciones sociales o desde pequeñas, medianas o grandes iniciativas a lo largo y ancho del país, e incluso más allá de nuestras fronteras. Y de ese modo hemos descubierto la importancia y la necesidad de las alianzas y la cooperación intersectorial para lograr una mayor eficacia y eficiencia en el trabajo que realizamos.

Por eso, en el camino de la Pastoral se entrecruzan hoy muchas personas de organizaciones provenientes de Cuba y de otros países que juntan sus esfuerzos y recursos para facilitar la inclusión social de las personas con discapacidad, a través de proyectos de sensibilización, formación, creación de capacidades y establecimiento de redes de apoyo a esas personas y sus familias.

Por su parte, la Pastoral de Personas con Discapacidad ha brindado su aporte y experiencia en diversos países de América Latina y el Caribe. Esos esfuerzos fueron el germen de la Coordinación para América Latina de la Red Ecuménica en Defensa de las Personas con Discapacidad (EDAN, por sus siglas en inglés), un programa de alcance global promovido y patrocinado desde 1998 por el Consejo Mundial de Iglesias.

A esta Coordinación me acerqué en el año 2003, y desde 2006 integro su Equipo Continental, primero como Coordinador para la región del Caribe y Gran Colombia, y actualmente como Coordinador del área de Discapacidad y Educación Teológica, en el empeño por lograr que las instituciones educativas de las iglesias latinoamericanas incorporen en sus programas curriculares la temática de la discapacidad para fomentar una cultura de inclusión en sus estudiantes.

En estos andares por nuestro continente fue que conocí acerca del Día de las Buenas Acciones. Gracias a un colega y amigo peruano, compañero de camino en EDAN quien facilitó mi acercamiento, pude participar en la Tercera Conferencia Regional para América Latina, que tuvo por sede a Lima, Perú, en septiembre de 2019.

Para mí resultó una experiencia enriquecedora en todos los sentidos, tanto a nivel personal como profesional, sobre todo por poder constatar la enorme fuerza que puede alcanzarse cuando se juntan las voluntades de decenas de personas de varios países motivadas tan sólo por el deseo y la decisión de hacer el bien.

De manera que regresé a Cuba con el compromiso de ampliar mucho más los horizontes y el alcance de nuestro trabajo desde la Pastoral de Personas con Discapacidad. Para ello estoy animado por la convicción de que las personas con discapacidad en nuestro país no se sienten ya solamente como beneficiarias de las buenas acciones de otros, sino además como promotoras ellas mismas de iniciativas y proyectos que contribuyan al bienestar de sus semejantes. 

voluntariado discapacidad

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