(https://blogs.iadb.org)
En las horas críticas que siguen a un desastre natural, el instinto humano es ayudar. Las redes sociales se llenan de llamados desesperados, y miles de ciudadanos se movilizan para acopiar y llevar donaciones a las zonas afectadas. Sin embargo, esta ola de solidaridad a menudo choca con una cruda realidad: la buena voluntad sin organización ni conocimiento puede desbordarse y crear un caos paralelo que entorpece, en lugar de facilitar la labor de rescate o de atención primaria.
Las redes se llenan de información, misma que no podemos confirmar, compartimos sin asegurarnos si es verídica, actual y cuál fue la fuente donde se originó, desencadenando la euforia colectiva y la preocupación masiva que impulsa a querer ayudar generando otra información o bien organizando un centro de acopio sin pensar en que se necesitará, como lo transportarán o a quien se le entregará.
Todo desastre tiene sus etapas y estas van desde la temprana que implica el resguardo de la vida, instalación de albergues con todo lo necesario para dar el servicio de resguardo, la búsqueda y rescate de personas atrapadas o cuerpos sin vida, hasta la reconstrucción de casas, escuelas, hospitales e infraestructura de servicios, entonces la ayuda debería ver estas etapas y organizar los acopios especializados para ayudar de manera más efectiva.
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No vemos la apertura de bancos de materiales para construcción, bancos de material de curación para centros y hospitales de salud, acopios de palas y picos que son sumamente necesarios para la remoción de escombros y salvamento de personas, en cambio todo mundo en cuestión de horas pública que es un centro de acopio y recibe de todo sin pensar quien seleccionará, organizará y distribuirá.
Todo mundo hace despensas con productos que no se podrán cocinar hasta que la familia vuelva a tener instalaciones en su vivienda. No hay estufas, gas, electricidad y refrigeradores en el caso de desastres por agua, todo queda inservible y pensamos que eso ayudará de inmediato, pero nadie instala cocinas o comedores para dar el servicio tanto a damnificados como a voluntarios en la zona; el ejército cuenta con esas cocinas móviles, pero se ven rebasados aun con el esfuerzo que despliegan.
Centros de acopio saturados con montañas de ropa usada no siempre en buen estado, juguetes, alimentos perecederos y medicamentos sin clasificar. Esta “segunda avalancha” de objetos, aunque bien intencionada, genera un problema logístico monumental.
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Los voluntarios, en lugar de dedicarse a distribuir ayuda vital, deben invertir horas, a veces días, en clasificar montañas de artículos inútiles o en mal estado, saturando espacios.
Mientras se prioriza la gestión del caos generado por las donaciones inapropiadas, el agua, los alimentos no perecederos y los insumos médicos esenciales pueden tardar más en llegar a quienes los necesitan. Esa es la ayuda que no llega y nadie dona.
El problema de fondo no es la falta de solidaridad, sino la falta de información. Existe un profundo desconocimiento sobre qué es realmente útil en las primeras 72 horas de una emergencia e insisto, con esto no quiero desalentar la solidaridad al contrario quiero alentar la ayuda desbordada, pero con orden y con un mayor impacto.
También creo que no es una cuestión solo del gobierno sino también de la sociedad y sus sectores porque cada uno podría hacer su trabajo y unidos salir de la situación. El gobierno no debe centralizar todo, no es su responsabilidad, fue un desastre natural, pero el oportunismo es impresionante para la promoción personal. Las empresas despliegan estrategias para el traslado de las ayudas esenciales y la sociedad organizada la instalación de centros de atención a personas, levantar censos, atender a los niños para prevenir problemas post traumáticos, etcétera, etcétera, hay montones de acciones que de manera organizada se podrían hacer y así tener una recuperación más rápida y segura.
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Las dependencias de gobierno podrían dividirse los acopios de materiales y así la población sabría que llevar y a dónde; los diputados sacrificar algo de sus 100 mil pesos mensuales para combustibles y peajes, que por cierto en este desastre el oportunismo de carreteras con cuota no ha abierto la gratuidad por ser concesiones privadas, lo que reitera las oportunidades que todos ven para salir beneficiados del desastre más que beneficiar.
La verdadera ayuda no consiste solo en dar, sino en dar lo correcto, en el momento preciso y de la manera adecuada:
- Coordinación con autoridades y ONGs: antes de movilizarse, se debe consultar qué organismos (Defensa Civil, Cruz Roja, bomberos) están liderando la ayuda y qué necesitan específicamente. Ellos son los ojos y los oídos en el terreno.
- Priorizar lo esencial: en la fase aguda de un desastre, lo más valioso es agua embotellada, alimentos no perecederos y listos para comer (atún, galletas, barras energéticas), productos de higiene personal (toallas femeninas, pañales, papel higiénico), y dinero en efectivo. Las donaciones monetarias a organizaciones serias permiten comprar exactamente lo que se necesita, cuando se necesita, y reactivar la economía local. ¿Qué me dicen del kilo de tortilla a 50 pesos en Huauchinango, Puebla? Estas donaciones son vigiladas y normadas por el Servicio de Administración Tributaria (SAT) cuando de organizaciones donatarias se trata, así que pensemos que pasarán por una revisión para transparentar dichos recursos. Así que busquemos organizaciones que garanticen la aplicación efectiva.
- Voluntariado capacitado: ofrecer tiempo es valioso, pero debe ser tiempo calificado. En lugar de llegar de forma improvisada, es mejor inscribirse a través de canales oficiales. Las labores de logística, clasificación y apoyo psicosocial requieren cierta orientación y así los voluntarios no se convierten en damnificados al no tener dónde dormir, dónde comer, dónde asearse y cómo regresar.
La solidaridad necesita tanto del corazón como de la cabeza. Informarse, coordinarse y priorizar no le quita valor al gesto de ayudar; por el contrario, lo multiplica. Los organismos internacionales están a la expectativa de la gestión del desastre para tomar decisiones de ayudar y enviar recursos muy valiosos.
Ahora bien, ¿qué es recomendable? Informarse de las necesidades de la zona en medios y canales confiables, buscar centros de acopio de instituciones u organizaciones serias y sin fines ni políticos ni económicos que se encuentren en la red nacional de centros de acopio registrados, organizarse y definir en qué ayudar que sea de necesidad prioritaria, no ir a la zona sin necesidad y sin conocimientos previos del camino, de la tarea a realizar y de los servicios que encontrarás.
Hagamos que México vuelva a ser un orgullo y que la solidaridad y la ayuda no sea un desastre más; son vidas humanas las que están en juego. Si alguien se atreve a no valorar la vida de los seres humanos, que el destino los alcance.
He tenido la oportunidad de ayudar como voluntario en catorce desastres naturales. Empecé con la primera erupción del volcán Popocatépetl en Puebla donde aprendí que la urgencia se debe priorizar y hoy estoy involucrado en la zona de la Sierra Norte de Puebla, así que lo que escribo y comento lo hago desde mi experiencia.
Ya posteriormente hablaremos de lo que pasa cuando desciende la euforia y ya nadie se acuerda del desastre.
Aquí les dejo el enlace al Centro Nacional de Apoyo para Contingencia y Desastres (CENACED).