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Mi nombre es Paola Martínez, y soy la directora y fundadora de Fundación Clara Luna. Desde 2010 trabajo educando a niños, a jóvenes y a sus familias a través de los libros.

A los 17 años, en los dos últimos años de colegio, tuve la oportunidad de hacer trabajo voluntario en Isla Trinitaria, una zona urbano-marginal de Guayaquil, Ecuador. Allí trabajamos con niños de preescolar y ayudamos a las profesoras a preparar el material didáctico que iban a usar durante sus clases. Esta experiencia marcó mi vida, haciéndome entender sobre la importancia de retribuir y agradecer por lo que recibo cada día.

A los 30 años me mudé a Puerto López, donde decidí iniciar clubes de lectura. Esto no tuvo éxito, ya que los adultos lectores eran escasos. Luego de un año trabajando con estudiantes de colegio pude identificar las necesidades reales de mi comunidad: los niños y jóvenes tenían acceso únicamente a textos académicos. No a textos literarios, y menos a bibliotecas. Además, había una falta de visión de futuro en los jóvenes. La ausencia de actividades extracurriculares y la poca atención a educarlos en la sexualidad, conllevaba a que muchas jóvenes queden embarazadas a temprana edad (según las estadísticas locales, 6 de cada 10 mujeres embarazadas tiene menos de 18 años). Para cambiar esta realidad nació Clara Luna, un espacio de educación no tradicional para acercar a los niños a los libros, ofreciendo encuentros con textos infantiles de calidad literaria que les despierten la curiosidad.

En abril de 2016, luego del terremoto en Ecuador, nuestros amigos y conocidos preocupados por lo ocurrido nos preguntaban cómo podían ayudarnos. Recibimos donaciones, pero no teníamos un plan para responder a la emergencia. Finalmente, tomamos acción con lo que mejor sabíamos hacer: encuentros de lectura con los niños. Durante 6 semanas visitamos un total de 25 sitios en compañía de voluntarios y amigos que se sumaron para la ayuda. En cada encuentro, leímos en voz alta “Donde viven los monstruos” de Maurice Sendak y “Pez Arcoíris” de Marcus Pfister, libros que tratan temas de la amistad y compartir. Cada sesión terminaba con la pregunta ¿para qué son los amigos? Salíamos de cada sitio con la satisfacción de haber hecho nuevos amigos que compartían con nosotros la alegría de los encuentros con los libros, independientemente de las circunstancias y las desavenencias.

En estas visitas conocimos la realidad de los sectores afectados. Encontramos barrios y comunidades olvidadas que sufren de cierto aislamiento, lugares privados de libros y bibliotecas, adultos mal escolarizados, alejados del placer de leer, y enfrentados a problemáticas sociales como el embarazo adolescente y la violencia hacia mujeres y niñas. También identificamos voluntarios que trabajaban en el seno de estas comunidades. Meses después, tuvimos la oportunidad de ampliar nuestra red de trabajo creando el proyecto “Cuentos en la Plaza” que constaba de bibliotecas móviles. Durante este tiempo, los voluntarios han mantenido su compromiso de sacar los libros a la calle. Las bibliotecas móviles se convirtieron en una herramienta educativa para enseñar la equidad de género.

A través de las bibliotecas buscamos lograr la equidad de género y empoderar a niñas y mujeres. Queremos fortalecer la autoestima de niñas y niños, que conozcan sus posibilidades, que se quieran, se valoren, se acepten, y que sepan proponerse cambios. También pretendemos sensibilizarlos sobre los roles de género en el Ecuador, que se cuestionen si son compartidos, y si podemos vivir con menos prejuicios, ser más libres, y vivir en paz. Para nuestras actividades se escogen previamente entre 10 o 15 libros de literatura infantil relacionados con temas de equidad de género, del tipo libros álbumes ilustrados, que los niños tendrán a disposición para explorarlos libremente. Luego se reflexiona y discute con el grupo la temática del libro.

En uno de mis voluntariados, con un grupo de amigos del colectivo “Alégrate Puerto López” nos juntamos para trabajar en una escuelita de una comunidad rural llamada Los Platanales. Uno de los voluntarios conocía el movimiento del Día de las Buenas Acciones. Por dos semanas realizamos actividades para mejorar uno de los salones de clases y la fachada de la escuela, y al final del trabajo realizamos un evento de lectura, arte y títeres para la comunidad. Esa fue mi primera acción junto con el Día de las Buenas Acciones. Lo que me atrajo de este movimiento fueron las ganas de mancomunar esfuerzos y el espíritu de colaboración que se creó entre la comunidad y los voluntarios. Fue una experiencia única que me llevó de regreso a los años de colegio en la Isla Trinitaria, y a reafirmar mi compromiso de los libros y las bibliotecas.

Cada persona que conoces y tratas a través de las buenas acciones deja un recuerdo único en la memoria de quienes estamos donando nuestro tiempo para impactar de manera respetuosa una vida. Cada mirada o sonrisa recibida no tiene precio, me hacen reconocerme a mí misma en otros, y me permite descubrir que el ser humano no se cansa de dar porque lo necesita. Las buenas acciones van dejando experiencias y aprendizajes significativos en mi día a día, y se han convertido en un modo de vivir muy gratificante que trato de conjugar en lo personal y profesional. A mí me inspira la necesidad de retribuir en agradecimiento por todo lo recibido. La falta de empatía del ser humano en estos tiempos es alarmante. Crear y acompañar lectores es en mi opinión lo que va a permitir que los libros cumplan su objetivo de transformar vidas, y luego inspirará a quienes se vayan sumando a tomar acción para cambiar alguna realidad.

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