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Mi nombre es Brigitte Díaz Flores y soy presidenta de la ONG Misicha Perú, la cual se dedica a fomentar el respeto por los animales en general y en especial por los animales de compañía en situación de abandono en Perú.

Vengo de una familia que temía a los gatos. Crecí creyendo todos los mitos contra los gatos hasta que conocí a mi esposo y él junto con mi suegra me enseñaron a amar a estos animalitos. Mi primera gata fue Lucky quien decidió dejar de vivir con mi suegra para venir a vivir conmigo. Dado que yo no sabía nada de gatos, empecé a buscar información en redes sociales para poder atender mejor a Lucky. Fue así como conocí a Misicha (gatito en quechua), que era un grupo conformado por jóvenes que alimentaban y cuidaban a un grupo de gatos abandonados en un parque en el Centro de Lima.

Mi primer encuentro con los gatos abandonados fue brutal. Nunca olvidaré esas caritas sucias y esos cuerpitos cubiertos con telas viejas, porque si les ponían ropa nueva no duraba más de un día ya que era robada por las personas que frecuentaban el parque. Había mucha buena intención y amor en los voluntarios, pero los recursos eran muy escasos y la organización necesitaba ser manejada de una manera más expeditiva y eficaz. Ese primer día que fui al parque entendí cuál era mi objetivo en Misicha y decidí que iba a cumplirlo porque esos pequeños mininos necesitaban un cambio y pronto.

Para fines del 2015 Misicha ya estaba inscripta ante Registros Públicos como una Asociación sin Fines de Lucro. El 2016 y 2017 fueron años de mucho aprendizaje, desarrollo, organización y contactos. En el 2018 dimos los pasos restantes para convertirnos en una ONG, y en octubre de ese año lo logramos. En junio del 2019 todos los gatos ya dejaron el parque y viven en un hogar temporal, donde casi la mitad de ellos ya encontraron hogares definitivos. Seguimos monitoreando el parque ya que los abandonos continúan, aunque en menor escala. El 2020 es el año de compartir experiencias y buenas prácticas con grupos que atienden a colonias de gatos en otras zonas y a partir de ello crear una cadena de ayuda que pueda brindar una vida digna a más mininos abandonados.

Parece fácil resumir las labores de Misicha desde el 2015 hasta la fecha, pero detengámonos un momento a analizar cómo fue posible hacerlo. El motor de todo este cambio fue el amor por los gatos, es verdad, pero ese amor ya existía antes del cambio. ¿Qué pasó entonces? A manera personal me gusta llamar a este cambio “la canalización del amor”.

Cuando empecé en Misicha como voluntaria, me pidieron que busque donaciones de comida entre mis amigos. Como toda persona nueva en algo, hice lo que me dijeron, pero, a pesar que puse mucho esfuerzo, no tuve mayor éxito. Noté que a otra nueva voluntaria le pedían que sirva la comida y lave los platos. Ella lo hacía, pero con gran esfuerzo y buscando momentos para tomar fotos, algo que le había sido prohibido porque tomaba tiempo que ella debía dedicar a lavar los platos. Finalmente, un voluntario decidió retirarse del grupo porque él quería hacer jugar a los gatos luego de la comida, pero esa actividad no estaba contemplada como parte del protocolo diario. Actualmente, esta voluntaria saca fotos y maneja nuestra cuenta de Instagram, y el voluntario regresó para ser el coordinador del equipo de juegos y diversión gatuna. Tal como dije antes, había mucho amor, pero había que canalizarlo.

A lo largo de los años, en mi desarrollo profesional dirigiendo equipos de trabajo he aprendido que las tareas laborales pueden y deben distribuirse de acuerdo con los talentos de cada persona, y teniendo ese criterio como primordial en todo momento. En Misicha se valora mucho lo que cada voluntario puede aportar y por ello podemos cumplir con nuestros objetivos en los plazos planteados. Nuestro voluntariado no tiene límites y siempre estamos innovando y aumentando opciones de voluntariado. A veces las opciones nacen de los propios voluntarios nuevos que se acercan a nosotros para ofrecer diversos tipos de ayuda. Este sistema nos permite cubrir todas las necesidades de los mininos con los pocos recursos que manejamos. Es esa canalización del amor que nos permite avanzar, ayudar y poder decir que toda ayuda sirve, que no hay voluntariado pequeño y que siempre hay alguien disponible cuando se necesita. El secreto es que cada uno de los voluntarios hace lo que mejor sabe hacer y lo hace con amor para ayudar a nuestros gatos.

En uno de los párrafos anteriores, dijimos que el 2020 es el año de compartir experiencias y buenas prácticas. Esta idea nació en la Conferencia Anual del Día de las Buenas Acciones a la que asistí en septiembre de 2019. Sabía que era momento de mirar hacia afuera y ayudar más y mejor pero no estaba segura de cómo hacerlo exactamente. Luego de una muy fructífera reunión con la directiva y los voluntarios lo decidimos. La mejor manera de hacer una buena acción por los gatos es hacer una buena acción por los humanos que los cuidan. Muchos de esos grupos están en las etapas iniciales que nosotros también tuvimos y no tienen por qué pasar por el mismo largo proceso que nosotros pasamos si podemos ayudarlos con nuestra experiencia. Hacia eso apuntamos y con ello lograremos ayudar a muchos más gatos abandonados en nuestra ciudad.

El 2020 será el primer año en el que participaremos en el Día de las Buenas Acciones y queremos cambiar el enfoque de las redes sociales y medios de comunicación respecto a la información que se comparte sobre las mascotas. En nuestro país es lamentablemente común encontrarnos con casos de maltrato físico, abandono, crueldad y otras acciones negativas que afectan a gatos, perros y otros animales de compañía. Nuestro objetivo es cambiar ese enfoque negativo y brindar un reconocimiento a todas las personas que tienen a sus mascotas en buen estado de salud brindándoles además cariño y cuidados.  Estamos muy emocionados por el próximo 29 de marzo y sabemos que será el inicio de una labor de 365 días buscando resaltar las buenas acciones en favor de los animales a fin de que se vuelvan cada día más y más comunes.

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